
Hidalgo Sport.- Santo Jr. lleva sobre sus hombros mucho más que una máscara de plata. Es el rostro de una herencia que no se construyó con títulos ni privilegios, sino con sacrificio, disciplina y una elección personal que lo alejó de la comodidad de ser simplemente “el hijo de”. Su camino no comenzó en el ring, sino en las aulas, entre cámaras y micrófonos, hasta que la voz interior fue más fuerte: aquella que lo llamaba a seguir la ruta marcada por su abuelo y su padre, pero con su propia esencia.
Desde niño vivió entre íconos: carteles, películas, relatos familiares que le daban forma al mito. Pero también creció con preguntas profundas. Su padre nunca lo obligó a luchar, y fue precisamente esa libertad la que lo llevó a abrazar el personaje con total convicción. Al final, lo que parecía una línea trazada por el destino, resultó ser una decisión tomada con corazón y conciencia.
El presente los une en la gira de despedida de El Hijo del Santo, pero el momento más simbólico no fue pactado. Fue un acto instintivo, cuando Santo Jr. se lanzó al ring para defender a su padre tras un ataque sorpresivo. Ese instante marcó un antes y un después, no solo para los aficionados, sino para ellos mismos. En palabras del legendario Hijo del Santo: “Yo no pude tener ese momento con mi papá. Pero él lo está logrando conmigo”.
Hay legados que pesan, pero también hay herencias que dignifican. Santo Jr. no solo lleva el nombre, sino también la sensibilidad, la entrega y la emoción de alguien que eligió estar ahí. Su historia, más allá del espectáculo, es la de un vínculo real entre padre e hijo, tejido con recuerdos, con juegos sobre el ring, con respeto mutuo y sobre todo con amor.
Este Día del Padre, su testimonio trasciende el deporte. Es una lección sobre identidad, legado y pertenencia. Porque hay máscaras que no ocultan, sino que honran. Y hay historias que no terminan con el retiro, sino que cobran nueva vida en la siguiente generación.











































